La historia nos pone en la piel de Miyamoto Musashi, interpretado por Toshiro Mifune, presentado aquí como un joven guerrero todavía obsesionado con demostrar su habilidad con la espada. Su llegada a Kioto comienza como una nueva etapa en su búsqueda por convertirse en el mejor espadachín, pero todo cambia cuando se ve involucrado en una amenaza sobrenatural y obtiene el Guante Oni, un artefacto capaz de conectar el mundo humano con el de los Oni y absorber las almas de los Genma derrotados. A partir de ese momento, lo que parecía ser una historia de superación personal se convierte en una lucha por la supervivencia de Kioto. El famoso templo Kiyomizu-dera se transforma en uno de los primeros escenarios donde Musashi debe poner a prueba tanto su habilidad con la katana como los poderes del Guante Oni. Más adelante, el conflicto se expande hacia territorios mucho más fantásticos, especialmente cuando el protagonista entra en contacto con el mundo de los Oni y descubre que la amenaza que enfrenta es mucho mayor de lo que imaginaba.

El viaje cuenta además con personajes que aportan personalidad y contexto a la aventura. Shizuka Gozen, vinculada directamente con el Guante Oni, funciona como una guía constante para Musashi y le ayuda a comprender tanto sus nuevos poderes como la naturaleza de la amenaza que se cierne sobre la ciudad. La relación entre ambos también permite introducir momentos de humor gracias al contraste entre la actitud impulsiva del protagonista y la personalidad más seria y mordaz de Shizuka. Otro personaje fundamental es Ono no Takamura, un Onimusha encargado de vigilar una de las puertas del inframundo. Su templo funciona como una especie de base desde la que Musashi puede prepararse, entrenar y mejorar sus habilidades. Bajo sus instrucciones comienza la misión de purificar las zonas de Kioto contaminadas por el miasma, mientras que figuras como Izumo no Okuni aportan nuevas motivaciones al conflicto. La narrativa no busca reinventar el género, pero sí construye una aventura suficientemente atractiva alrededor de la evolución de Musashi y su transformación en Onimusha.

La exploración, eso sí, tiene recompensas suficientes para justificar desviarse del camino. Es posible encontrar recursos para ampliar la capacidad del inventario, tesoros y materiales destinados a mejorar el equipamiento, además de pequeños espíritus relacionados con Murasaki. No estamos ante un mundo abierto gigantesco ni ante una experiencia obsesionada con llenar cada rincón de actividades, sino ante una estructura relativamente contenida que utiliza la exploración como complemento de una aventura principalmente centrada en el combate. Y precisamente es en los enfrentamientos donde Way of the Sword encuentra su mayor virtud. El sistema de combate exige mucho más que machacar botones y, aunque al principio puede resultar exigente, termina convirtiéndose en una de las partes más satisfactorias de toda la experiencia. La defensa tiene un papel fundamental: bloquear en el momento adecuado permite detener los ataques enemigos, mientras que la esquiva resulta indispensable ante determinados golpes, ataques de área o situaciones en las que Musashi se encuentra rodeado.

La situación se vuelve todavía más interesante cuando aparecen varios enemigos al mismo tiempo. Los Genma pueden atacar desde diferentes direcciones y obligan a mantener constantemente la atención sobre el campo de batalla. En estos momentos también entra en juego el Guante Oni y las almas que dejan los enemigos al morir. Estas funcionan como un recurso fundamental para obtener objetos, recuperar salud o alimentar distintas habilidades. Algunas permiten cargar el Poder Oni necesario para utilizar los Armamentos Oni, mientras que otras sirven para alcanzar la transformación final de Musashi. Los combates contra los jefes representan la culminación de todas estas mecánicas. Son enfrentamientos que ponen a prueba la capacidad para bloquear, esquivar, reconocer patrones y utilizar correctamente las habilidades disponibles. No todo es perfecto, ya que determinados encuentros pueden volverse caóticos y la cámara ocasionalmente juega en contra, especialmente cuando hay demasiados elementos moviéndose simultáneamente. Aun así, una vez que se domina el ritmo del protagonista, el sistema ofrece algunos de los momentos más gratificantes de la aventura.

La progresión acompaña bien esta filosofía. Musashi adquiere nuevas capacidades y herramientas a medida que avanza, mientras que la exploración permite encontrar recursos que amplían sus posibilidades. El resultado no es un sistema de progresión excesivamente complejo, sino una evolución que sirve principalmente para reforzar la sensación de que el protagonista se vuelve cada vez más peligroso. Visualmente, la recreación del Japón de la época también desempeña un papel importante. Kioto combina lugares históricos reconocibles con escenarios contaminados por el miasma y regiones donde la influencia sobrenatural de los Oni y los Genma transforma por completo el entorno. El contraste entre los espacios inspirados en la realidad y las dimensiones fantásticas ayuda a que la aventura tenga una identidad propia y evita que la ambientación histórica se convierta simplemente en un decorado.
Otro de los aciertos es precisamente la forma en que la aventura utiliza esta ambientación para reforzar la sensación de progresión. Lo que comienza como una búsqueda personal de Musashi termina convirtiéndose en una lucha por recuperar una ciudad asediada por fuerzas sobrenaturales. La escala aumenta poco a poco sin abandonar el enfoque relativamente directo de la serie. Con una duración aproximada de 20 a 22 horas para completar la campaña, que puede superar las 25 si se realizan las actividades secundarias y se buscan los contenidos opcionales, Way of the Sword tampoco intenta convertirse en una aventura interminable. Es una duración que encaja bien con su propuesta, especialmente porque permite mantener el foco sobre el combate y la progresión sin convertir la exploración en una obligación.